Simoun en efecto no había ido al teatro.
Desde las siete de la noche había salido de casa, agitado y sombrío; sus criados le vieron entrar dos veces acompañado de diferentes individuos; á las ocho Makaraig le encontró rondando por la calle del Hospital, cerca del convento de Sta. Clara, á la sazon que doblaban las campanas de la iglesia; á las nueve Camaroncocido le vió otra vez en los alrededores del teatro hablando con uno que parecía estudiante, franquear la puerta y volver á salir y desaparecer en las sombras de los árboles.
—¿Y á mi qué? volvió á decir Camaroncocido; ¿qué saco con prevenir al pueblo?
Basilio, como decía Makaraig, tampoco había asistido á la funcion. El pobre estudiante, desde que volvió de San Diego para rescatar de la servidumbre á Julî, su prometida, había vuelto á sus libros, pasando el tiempo en el hospital, estudiando ó cuidando á Capitan Tiago, cuya enfermedad trataba de combatir.
El enfermo se había vuelto de un caracter insoportable; en sus malos ratos, cuando se sentía abatido por falta de dosis de opio que Basilio procuraba moderar, le acusaba, le maltrataba, le injuriaba; Basilio sufría resignado con la conciencia de que hacía el bien á quien tanto debía, y solo en último estremo cedía; satisfecha la pasion, el monstruo del vicio, Capitan Tiago se ponía de buen humor, se enternecía, le llamaba su hijo, lloriqueaba recordando los servicios del joven, lo bien que administraba sus fincas y hablaba de hacerle su heredero; Basilio sonreía amargamente y pensaba que en esta vida la complacencia con el vicio se premia mejor que el cumplimiento del deber. No pocas veces se le ocurrió dar curso libre á la enfermedad y conducir á su bienhechor á la tumba [179]por un sendero de flores é imágenes risueñas, mejor que alargar su vida por un camino de privaciones.
—¡Tonto de mí! se decía muchas veces; el vulgo es necio y pues lo paga...
Pero sacudía la cabeza pensando en Julî, en el estenso porvenir que tenía delante: contaba con vivir sin manchar su conciencia. Seguía el tratamiento prescrito y vigilaba.
Con todo, el enfermo iba cada día, con ligeras intermitencias, peor. Basilio que se había propuesto reducir paulatinamente la dosis ó al menos no dejarle abusar fumando más de lo acostumbrado, le encontraba, al volver del hospital ó de alguna visita, durmiendo el pesado sueño del opio, babeando y pálido como un cadáver. El joven no se podía explicar de dónde le podía venir la droga; los únicos que frecuentaban la casa eran Simoun y el P. Irene, aquel venía raras veces, y éste no cesaba de recomendarle fuese severo é inexorable en el régimen y no hiciese caso de los arrebatos del enfermo, pues lo principal era salvarle.
—Cumpla usted con su deber, joven, le decía, cumpla usted con su deber.
Y le hacía un sermoncito sobre este tema, con tanta conviccion y entusiasmo que Basilio llegaba á sentir simpatías por el predicador. El P. Irene prometía ademas procurarle un buen destino, una buena provincia, y hasta le hizo entrever la posibilidad de hacerle nombrar catedrático. Basilio, sin dejarse llevar de las ilusiones, hacía de creer y cumplía con lo que le decía la conciencia.
En aquella noche, mientras representaban Les Cloches de Corneville, Basilio estudiaba delante de una vieja mesa, á la luz de una lámpara de aceite, cuya pantalla de cristal opaco sumía en media claridad su melancólico semblante. Una vieja calavera, algunos huesos humanos, y unos cuantos volúmenes cuidadosamente ordenados se veían cubriendo la mesa, donde había ademas una palangana de agua con una esponja. Un olor á opio que se escapaba del vecino aposento, hacía pesada la atmósfera y le daba sueño, pero el joven se resistía mojándose de tiempo en tiempo las sienes y los ojos, dispuesto á no dormir hasta concluir con el volumen. Era un tomo de la Medicina Legal y Toxicología del Dr. Mata, obra que le habían prestado y debía devolver al dueño cuanto antes. El catedrático no quería esplicar [180]menos que por aquel autor y Basilio no tenía dinero bastante para comprarse la obra, pues, con el pretesto de que estaba prohibida por la censura de Manila y había que sobornar á muchos empleados para introducirla, los libreros pedían elevados precios. Tan absorto estaba el joven en sus estudios que ni siquiera se había ocupado de unos folletos que le enviaron de fuera, sin saber de donde, folletos que se ocupaban de Filipinas, entre los cuales figuraban los que más llamaban la atencion en aquella época por la manera dura é insultante con que trataban á los hijos del país. Basilio no tenía tiempo suficiente para abrirlos, acaso le detuviera tambien el pensamiento de que no es nada agradable recibir un insulto ó una provocacion y no tener medios de defenderse ó contestar. La censura, en efecto, permitía los insultos á los filipinos pero les prohibía á estos la réplica.
En medio del silencio que reinaba en la casa, turbado solo por alguno que otro debil ronquido que partía del vecino aposento, Basilio oyó pasos ligeros en las escaleras, pasos que cruzaron despues la caida dirigiéndose á donde él estaba. Levantó la cabeza, vió abrirse la puerta y con gran sorpresa suya, aparecer la figura sombría del joyero Simoun.
Desde la escena de San Diego Simoun no había vuelto á ver ni al joven ni á Capitan Tiago.
—¿Cómo está el enfermo? preguntó echando una rápida ojeada por el cuarto y fijándose en los folletos que mencionamos cuyas hojas aun no estaban cortadas.
—Los latidos del corazon, imperceptibles... pulso muy debil... apetito, perdido por completo, repuso Basilio con sonrisa triste y en voz baja; suda profusamente á la madrugada...
Y viendo que Simoun, por la direccion de la cara, se fijaba en los dichos folletos y temiendo volviese á reanudar el asunto de que hablaron en el bosque, continuó:
—El organismo está saturado de veneno; de un día á otro puede morir como herido del rayo... la causa más pequeña, un nada, una excitacion le puede matar...
—¡Como Filipinas! observó lúgubremente Simoun.
Basilio no pudo reprimir un gesto y, decidido á no resuscitar el asunto, prosiguió como si nada hubiese oido:
—Lo que más le debilita son las pesadillas, sus terrores... [181]
—¡Como el gobierno! volvió á observar Simoun.
—Hace unas noches se despertó sin luz y creyó que se había vuelto ciego; estuvo alborotando, lamentándose é insultándome, diciendo que le había sacado los ojos... Cuando entré con una luz me tomó por el P. Irene y me llamó su salvador...
—¡Como el gobierno, exactamente!
—Anoche, prosiguió Basilio haciéndose el sordo, se levantó pidiendo su gallo, su gallo muerto hace tres años, y tuve que presentarle una gallina, y entonces me colmó de bendiciones y me prometió muchos miles...
En aquel momento en un reloj dieron tas diez y media.
Simoun se estremeció é interrumpió con un gesto al joven.
—Basilio, dijo en voz baja, escúcheme usted atentamente, que los momentos son preciosos. Veo que usted no ha abierto los libros que le he enviado; usted no se interesa por su pais...
El joven quiso protestar.
—¡Es inútil! continuó Simoun secamente. Dentro de una hora la revolucion va á estallar á una señal mía, y mañana no habrá estudios, no habrá Universidad, no habrá más que combates y matanzas. Yo lo tengo todo dispuesto y mi éxito está asegurado. Cuando nosotros triunfemos, todos aquellos que pudiendo servirnos no lo han hecho, serán tratados como enemigos. Basilio, ¡vengo á proponerle su muerte ó su porvenir!
—¡Mi muerte ó mi porvenir! repitió como si no comprendiese nada.
—Con el gobierno ó con nosotros, repuso Simoun; con sus opresores ó con su pais. ¡Decídase usted que el tiempo urge! ¡Vengo á salvarle en vista de los recuerdos que nos ligan!
—¡Con los opresores ó con mi país! repetía en voz baja.
El joven estaba atontado; miraba al joyero con ojos donde se pintaba el terror, sintió que sus estremidades se enfriaban y mil confusas ideas cruzaban por su mente; veía las calles ensangrentadas, oía el tiroteo, se encontraba entre muertos y heridos y ¡singular fuerza de la aficion! se veía á sí mismo con su blusa de operador cortando piernas y estrayendo balas.
—Tengo en mis manos la voluntad del gobierno, continuó Simoun; he empeñado y gastado sus pocas fuerzas y recursos en tontas espediciones, deslumbrándole con las ganancias que podía sisar; sus cabezas están ahora en el teatro tranquilas y [182]distraidas pensando en una noche de placeres, pero ninguna volverá á reposar sobre la almohada... Tengo regimientos y hombres á mi disposicion, á unos les he hecho creer que la revolucion la ordena el General, á otros que la hacen los frailes; á algunos les he comprado con promesas, con empleos, con dinero; muchos, muchísimos obran por venganza, porque están oprimidos y porque se ven en el caso de morir ó matar... ¡Cabesang Tales está abajo y me ha acompañado hasta aquí! Vuelvo á repetirle, ¿viene usted con nosotros ó prefiere esponerse á los resentimientos de los míos? En los momentos graves, declararse neutro es esponerse á las iras de ambos partidos enemigos.
Basilio se pasó varias veces la mano por la cara como si quisiese dispertarse de una pesadilla; sintió que su frente estaba fría.
—¡Decídase usted! repitió Simoun.
—¿Y qué... tendría yo que hacer? preguntó con voz ahogada, quebrada, debil.
—Una cosa muy sencilla, repuso Simoun cuyo semblante se iluminó con un rayo de esperanza: como tengo que dirigir el movimiento, no puedo distraerme en ninguna accion. Necesito que, mientras toda la atencion de la ciudad está en diferentes puntos, usted á la cabeza de un peloton fuerze las puertas del convento de Santa Clara y saque de allí á una persona que usted, fuera de mí y de Capitan Tiago, solo puede reconocer... Usted no corre peligro alguno.
—¡María Clara! exclamó el joven.
—¡Sí, María Clara! repitió Simoun y por primera vez su acento tomaba notas tristes y humanas; la quiero salvar, por salvarla he querido vivir, he vuelto... ¡hago la revolucion porque solo una revolucion podrá abrirme las puertas de los conventos!
—¡Ay! dijo Basilio, juntando las manos; llega usted tarde, ¡demasiado tarde!
—Y ¿por qué? preguntó Simoun frunciendo las cejas.
—¡María Clara se ha muerto!
Simoun se levantó de un salto y se abalanzó al joven.
—¿Se ha muerto? preguntó con acento terrible.
—Esta tarde, á las seis; ahora debe estar...
—¡No es verdad! rugió Simoun pálido y desencajado, ¡no es [183]verdad! María Clara vive, ¡María Clara tiene que vivir! Es un pretesto cobarde... no se ha muerto, ¡y esta noche la he de libertar ó mañana muere usted!
Basilio se encogió de hombros.
—Hacía días que se puso mala y yo iba al convento para tener noticias. Mire usted, aquí esta la carta del P Salví que trajo el P. Irene. Capitan Tiago estuvo llorando toda la noche, besando y pidiendo perdon al retrato de su hija hasta que concluyó por fumarse una enorme cantidad de opio... Esta tarde han tocado sus agonías.
—¡Ah! esclamó Simoun, y cogiéndose la cabeza con ambas manos se quedó inmovil.
Se acordaba de haber oido en efecto el toque de agonías mientras rondaba en los alrededores del convento.
—¡Muerta! murmuró en voz tan baja como si hablase una sombra, ¡muerta! muerta sin haberla visto, muerta sin saber que vivía por ella, muerta sufriendo...
Y sintiendo que una tempestad horrible, una tempestad de torbellinos y truenos sin gota de lluvia, sollozos sin lágrimas, gritos sin palabras, rugía en su pecho é iba á desbordarse como lava candente largo tiempo comprimida, salió precipitadamente del cuarto. Basilio le oyó bajar las escaleras con paso desigual, atropellado; oyó un grito ahogado, grito que parecía anunciar la llegada de la muerte, profundo, supremo, lúgubre, tanto que el joven se levantó de su silla, pálido y tembloroso, pero oyó los pasos que se perdían y la puerta de la calle que se cerraba con estrépito.
—¡Pobre señor! murmuró, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Y sin acordarse de estudiar, con la mirada vaga en el espacio estuvo pensando en la suerte de aquellos dos séres, el uno joven, rico, ilustrado, libre, dueño de sus destinos, con un brillante porvenir en lontananza, y ella, hermosa como un ensueño, pura, llena de fé y de inocencia, mecida entre amores y sonrisas, destinada á una existencia feliz, á ser adorada en familia y respetada en el mundo, y sin embargo, de aquellos dos séres llenos de amor, de ilusiones y esperanzas, por un destino fatal él vagaba por el mundo arrastrado sin cesar por un torbellino de sangre y lágrimas, sembrando el mal en vez de hacer el bien, abatiendo la virtud, y fomentando el vicio, mientras ella se moría en las sombras misteriosas del claustro, donde buscára [184]paz y acaso encontrára sufrimientos, ¡donde entraba pura y sin mancha y espiraba como una ajada flor!...
¡Duerme en paz, hija infeliz de mi desventurada patria! ¡Sepulta en la tumba los encantos de tu juventud, marchita en su vigor! ¡Cuando un pueblo no puede brindar á sus vírgenes un hogar tranquilo, al amparo de la libertad sagrada; cuando el hombre solo puede legar sonrojos á la viuda, lágrimas á la madre y esclavitud á los hijos, haceis bien vosotras en condenaros á perpétua castidad, ahogando en vuestro seno el gérmen de la futura generacion maldita! ¡Ah, bien hayas tú que no te has de estremecer en tu tumba oyendo el grito de los que agonizan en sombras, de los que se sienten con alas y están encadenados, de los que se ahogan por falta de libertad! Vé, vé con los sueños del poeta á la region del infinito, sombra de mujer vislumbrada en un rayo de luna, murmurada por las flexibles ramas de los cañaverales... ¡Feliz la que muere llorada, la que deja en el corazon del que la ama una pura vision, un santo recuerdo, no manchado por mezquinas pasiones que fermentan con los años! ¡Vé, nosotros te recordaremos! ¡En el aire puro de nuestra patria, bajo su cielo azul, sobre las ondas del lago que aprisionan montanas de zafiro y orillas de esmeralda; en sus cristalinos arroyos que sombrean las cañas, bordan las flores y animan las libélulas y mariposas con su vuelo incierto y caprichoso como si jugasen con el aire; en el silencio de nuestros bosques, en el canto de nuestros arroyos, en la lluvia de brillantes de nuestras cascadas, á la luz resplandeciente de nuestra luna, en los suspiros de la brisa de la noche, en todo en fin que evoque la imágen de lo amado, te hemos de ver eternamente como te hemos soñado, bella, hermosa, sonriente como la esperanza, pura como la luz, y sin embargo, triste y melancólica contemplando nuestras miserias! [185]
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