El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 14

En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas, entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche, cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima parte de un minuto tiene suficiente.

Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir{164} es soñar, y soñar equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres, por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la energía de un hombre.

De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueño hállanse casi totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en cambio, todas las mañanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa á dormir.

Una noche don Gil Tomás soñó que su espíritu y el de Manolo Peinado, sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abrazó al hombre pequeñito con una emoción que lo mismo podía ser de zozobra que de alegría.

—¿Sabe usted—le dijo—que mañana me muero?

La noticia sorprendió á don Gil. Manuel Peinado era un mocetón treintañal, que parecía derramar optimismo y salud. El enano repuso:

—¿Y de qué muere usted?

—Del corazón.

—¡Ah!...

—Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el mundo de los sentidos todavía me parece bonito!...

El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación{165} acrecentó la compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.

Preguntó don Gil:

—¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño?

—Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra, de nuestras conversaciones.

Agregó:

—Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar. Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa.

—¿La visita usted todas las noches?

—Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...

Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita.

Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés{166} riquísimo. Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba su puesto.

Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida. Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á tomar el café. En tal instante llegaba don Gil.

—¿A quién espera usted esta noche?—preguntó el enano.

La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso huir. Don Gil la detuvo:

—No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale usted.

Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y confianza.

—¿Por qué me dice usted eso?

—Por su bien.

—¿Me amenaza algún peligro?

—Sí; uno muy grande.

—¿Vendrá mi marido?

—No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí.

—¿Qué debo temer entonces?...

Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una ternura húmeda suavizó su brillo.

—Elvira—repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una firmeza paternal—, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta noche.

—Pero... ¿por qué?{167}

Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso hablar.

—Porque Manuel Peinado está enfermo.

Como un eco, ella repitió:

—Enfermo...

—Sí.

—¿De qué?

—Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma noche, á la una en punto.

Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó. Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había desaparecido.

—He soñado...—pensó.

Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas.

A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella murmuró:

—¡He tenido mucho miedo!

—¿Por qué?...

—Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé dormida y soñé con don Gil...

El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.

—¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...

Y seguidamente, cambiando de tono:

—¿A ti no te duele el corazón?{168}

—Nunca.

—¿No estás enfermo de nada?

El afirmó petulante.

—Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...

Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá esta noche, á la una en punto...»

Interrogó supersticiosa:

—¿Te irás temprano?

—No, como siempre. ¿A qué viene eso?

—No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te marches.

El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:

—Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando los cierras me parece que me quedo sola.

Peinado hizo un ademán de impaciencia:

—Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.

Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á levantar los párpados.

—No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no hables, pero necesito verte los ojos.

No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban. Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:

—¡Manuel!...

Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:{169}

—Manuel...

Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una voz murmuraba:

«Ha muerto... Está muerto...»

Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial, vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora. Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.

Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones. Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo, salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo desatentada de un lecho á otro, las despertó:

—Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...

En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas.

—¿Qué sucede?...

—Venid conmigo, venid...

Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama.{170}

—¿Qué sucede?

—Silencio; hablad bajo...

—¿Se ha puesto enfermo don Manuel?

—No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de aquí.

Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los grandes peligros, replicaron:

—Lo que usted disponga, eso haremos.

Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo, caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica; la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.

A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.

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