Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana. Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de dos fieras.{186}
—Les estorbo—pensó—; quieren acabar conmigo, para robarme...
El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias, hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja para enterrarle.
—Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...
Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie; acostado, no.
En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada, de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y, cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito Miguel pecho arriba, los brazos{187} inertes, las flacas piernas extendidas y lacias.
Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe. Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento, volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron, sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego negro.
—Vamos con él—masculló Toribio—, vamos pronto, antes de que se manche más el suelo...
—Pero hay que vestirle—observó Rita.
—¿Para qué? No hace falta. Mejor está así.
Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á encender nuevamente{188} el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.
Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente, entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez del Rojo aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus redoblones, menos uno, y no sabía cuál.
—El primero de la izquierda—repuso Rita.
—¿Estás segura?—balbuceó él—Fíjate bien: hay que dejar la clavera libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en ello la vida...
Pero la mujerona no titubeaba:
—Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?...
El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad.
—¡Tenías razón!—exclamó.
En un santiamén la operación quedó concluída.
Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba, junto á las patas traseras de la{189} mula. La obsesión de Toribio Paredes era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.
Toribio murmuró:
—Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir.
De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una pincelada maestra, y añadió:
—Espera aquí...
Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza; disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre aquellas señales de pulcritud que dejó{190} la aljofifa, ensuciándolas de modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella.
Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo, atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras en el remiso discernimiento de la mujerona.
—Mañana—dijo—, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?... sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.
Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió:
—¿Por qué?
Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando. Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito. Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción.
—Es mejor—se atrevió á decir—que te levantes tú primero.
—¿Para qué?
—Tengo miedo...
—¡Qué miedo ni qué porra!—masculló el pañero—¡Te mato como á él si no haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera. Luego, á tus voces, saldré yo.
No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen{191} dormir. La hiperestesia de sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal. Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.
Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca, rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos hermanos recobraron su serenidad.
Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho, fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul.
—¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!... ¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!... ¡¡Socorro!!...
Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron.
—¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!... ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...
Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados, cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á Rita.
—¿Qué pasa, qué sucede?—preguntaban.
Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre, hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde{192} aquella mala hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre brotó.
En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose los calzones, apareció Toribio.
—¿Qué sucede—decía—, qué sucede?...
Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando.
—Frasquito ha muerto... ha muerto...
—¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito?
—Sí... le ha matado la mula...
Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la blancura del papel.
—¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!...
—Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he visto... ¡le he visto!...
Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos, despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando.
—Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá?
Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la{193} lividez de sus mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio.
—Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por ahí...
Los muchachos, á coro, rompieron á llorar.
En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra, contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas. Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas por el trabajo, de sus pies.
Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente, una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar:
—¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...
Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las mujeres gritaban:
—¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre!
Y otras:{194}
—¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!...
—También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...
Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él.
Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz.
Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle frases de maternal consuelo. Y agregó:
—Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que al pobrecillo estarían curándole.
Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores desacostumbrados y le arrancó ayes terribles.
Con notable naturalidad añadió:
—Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él, que iba á la cuadra.
Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á todos muy concertadas y en su{195} punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito?
—Yo creía—insinuó un vecino—que el pobre, reumático como estaba, no podía moverse.
Toribio replicó:
—No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las paredes, como los niños pequeños, pero andaba...
—¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?...
El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos, permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz.
—Esto—dijo—huele á aguardiente.
Los que le oyeron, repitieron preguntando:
—¿Huele á aguardiente?...
—Sí...
Su cara se iluminó.
—¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!...
Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno, hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa. Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los pesebres. Este último lugar,{196} como más distante, era indudablemente el más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel, aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en la frente...
Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso; se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle.
Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste. Alguien dijo, con mal encubierta ironía.
—En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba{197} ya borracho... ¡tanto mejor!... porque sufriría menos...
Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.
A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y tres alguaciles.
Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones, despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las manos á los ojos.
—Yo le quería mucho—balbuceaba—yo le quería mucho. Me había acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!...
Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó:
—¿Debo desnudarle?
Don Niceto repuso:
—No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo.
Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro, Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar{198} mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas, quedaron en el aire.
Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa, descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un perfil inconfundible. Todos callaban consternados.
—¡Qué golpe!—exclamó don Dimas.
No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió:
—La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera, debe habérsela dado el animal con la pata derecha.
La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño empezó á contarlos.
—¡Aquí falta uno!
Repuso Martínez:
—Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo.
Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa, irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí. Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía haber dejado un terror.
—¡Qué mala bestia!—repetía Martínez—; cuando{199} se quemó hubieran hecho ustedes muy bien en darla un tiro.
Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva, Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero, bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los clavos: estaban todos.
—Lo que yo dije—exclamó Martínez satisfecho—la coz ha sido dada con la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez.
El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo.
—¿Ven ustedes?—insistió Martínez triunfante—fué con la pata derecha.
Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron partículas de estiércol.
—¡Qué atrocidad!—repetían los médicos—; ¡qué fuerza la de ese animal!...
Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre. Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos los allí presentes un movimiento de asco.
Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le estrechó la mano. Después aludió al cadáver.
—Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea, mejor.
Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla declaración. La{200} mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto, ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo hubiese perdido los sentidos.
Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años? Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle, constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo que más les conviene...
A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los hombros.
—¡Estaba tan hecha á él!—decía—; ¡era tan trabajador, tan bueno!...
Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio, debieron de rodearla.
Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena voluntad. Cuando éstos se cansaban otros{201} les sustituían, pues para tan cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con ello. El Rojo era quien más resistía, y á todos sorprendía su fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes. Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría social de Tomás el respeto debido.
—Buenos días, don Gil.
—Buenos días, Toribio.
Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque rojo.
«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»—pensaba Paredes.
Y á continuación:
«Y, si no se acuerda, ¿cómo está aquí él, que se levanta siempre tarde?...»
Don Gil le interpeló:
—¿Quién ha muerto?
Con voz casi imperceptible, el bujero repuso:
—Mi cuñado.
—¿Su cuñado?... ¿El señor Frasquito?{202}
—Sí, señor.
—¡Oh!... ¡Qué sorpresa!... ¿Cuándo?...
—Anteanoche. Ayer, por la mañana, le encontramos muerto en la cuadra. La mula que tenemos le había matado de una coz.
Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas. ¿No era don Gil su cómplice?
—Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?—agregó.
—Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!...
Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente, tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó en su alma aquella suave alacridad?...
—Cuénteme, amigo Toribio—exclamó—, cuénteme cómo esa espantosa desgracia ha sucedido.
—¿Cómo? Muy sencillo; verá usted...
Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre pequeñito siguió al muerto.