El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 34

Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve.

—¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?—decía Martínez—; ¿Vino el jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?...

Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados. Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio:{362} ella, saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa azul, dormía Antoñita.

Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña Fabiana bostezó.

—¿Dormimos?—dijo.

—Bueno.

—Hasta mañana, entonces.

—Hasta mañana...

Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño, interrogó:

—¿A qué hora he de llamarte?

—A las siete, en punto.

Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:

—¡Mamá... mamá!...

En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo, percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á llamar:{363}

—¡Mamá!... ¡Mamá!...

—¿Qué?... Voy...

Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y con la garganta llena de lágrimas:

—¡¡Mamá!!...

La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente y el cuello bañados en copiosísimo sudor.

—¿Qué es?—exclamó extendiendo una mano hasta palpar á su hija—; ¿qué es?... ¿Sucede algo?

Y la niña:

—¿Por qué gritabas, mamá? Me has asustado; ahora siento mucho miedo.

—¿He gritado, dices?...

—Sí; diste un grito horrible. ¿Soñabas?

Tardó en responder.

—Sí, creo que sí...

—¿En qué soñabas?

—No sé, no me acuerdo. Ea, duerme.

Destosió, se frotó los ojos, procurando entrar en posesión de sí misma. Antoñita decía bien: había soñado. Tenía los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, lo que produce pesadillas.

—Sí—repitió—estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!...

Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra vida. Encendió luz.

—¡Ignacio!...

Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente.

—¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!...

Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos{364} y suplicantes, las cejas llenas de aflicción, repetía:

—¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?...

El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos, apretadas una contra otra, parecían oprimir algo...

Doña Fabiana repetía:

—Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla... ¡Despierta!...

Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia.

—¡Sí...—dijo—qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!...

La voz de la niña vibraba implorante y llorosa:

—No sueñes, papá; me das miedo.

—No, hija mía...

—Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte hablas.

—Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana.

Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse. Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy quedamente, llamó don Ignacio.

—Fabiana...

—¿Qué?

—¿Tienes sueño?

—No. Habla bajo, no despierte la niña.

—Oye...

Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su marido. Agradecíale aquel ratito{365} de conversación, pues tenía miedo. Le abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi con el aliento:

—Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este cuarto á seducirte.

Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la boca para sofocar un grito.

—¡Ignacio!—balbuceó la mujer, empavorecida—Ignacio... ¿Qué es esto?... Yo he soñado lo mismo.

El señor Martínez empezó á temblar.

—¿Es posible?

—Sí.

En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente, había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento de otra vida. Prosiguió:

—Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien... parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?...

—Lo mismo—repuso doña Fabiana, persignándose—; lo mismo...

—Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta...

—Eso es.

—Y avanzó por detrás de la butaca...

—Exacto.

—Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña...

—Exacto, justo—repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de pavura.

Continuó don Ignacio:{366}

—No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía, pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me abalancé sobre él.

—Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le vieses, pero no me entendió.

—Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo, y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle. ¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!... El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos...

Doña Fabiana interrumpió á su marido.

—Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces fué cuando di un grito y la niña me despertó.

—Indudablemente—repuso don Ignacio—porque yo oí ese grito y tu figura empezó á desdibujarse hasta desaparecer.

—¿Dejaste de verme?

—Completamente; y entonces oí tu voz y desperté.

La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse.

—¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí.

—Creo lo mismo.

—¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una brujería.

—¡Quién sabe!... Tal vez...

No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día.

A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre pequeñito había muerto. Sus{367} criadas, cuando fueron á llevarle el desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...

Madrid, Junio 1914.

FIN

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