Inmediatamente que se enteró del acontecimiento cuando trajeron luces y vió las poco correctas posturas de los dioses sorprendidos, Ben Zayb, lleno de indignacion y ya con la aprobacion del fiscal de imprenta, fué corriendo á su casa—un entresuelo en donde vivía en república con otros—para escribir el artículo más sublime que jamás se haya leido bajo el cielo de Filipinas: el Capitan General se marcharía desconsolado si antes no se enteraba de sus ditirambos y esto, Ben Zayb que tenía buen corazon, no lo podía permitir. Hizo pues el sacrificio de la cena y del baile y no se durmió aquella noche.
¡Sonoras exclamaciones de espanto, de indignacion, fingir que el mundo se había venido abajo y las estrellas, las eternas estrellas, chocaban unas con otras! Despues una introduccion misteriosa, llena de alusiones, reticencias..., luego el relato del hecho y la peroracion final. Multiplicó los giros, agotó [263]los eufemismos para describir la caida de espaldas y el tardío bautismo de salsa que recibió S. E. sobre la olímpica frente; elogió la agilidad con que recobró la posicion vertical, poniendo la cabeza donde antes estaban las piernas y viceversa; entonó un himno á la Providencia por haber velado solícita por tan sagrados huesos y el párrafo resultó tan delicado, que S. E. aparecía como un héroe y caía más alto, como dijo Victor Hugo. Estuvo escribiendo, borrando, añadiendo y limando para que, sin faltar á la verdad—este era su especial mérito de periodista—resultase todo épico, grande para los siete dioses, cobarde y bajo para el desconocido ladron, «que se había ajusticiado á sí mismo, espantado y convencido en el mismo instante de la enormidad de su crímen». Interpretó el acto del P. Irene de meterse debajo de la mesa, por «arranque de valor innato, que el hábito de un Dios de paz y mansedumbre, llevado toda la vida, no había podido amortiguar»; el P. Irene quería lanzarse sobre el criminal y tomando la línea recta pasó por el submesáneo. De paso habló de túneles submarinos, mencionó un proyecto de don Custodio, recordó la ilustracion y los largos viajes del sacerdote. El desmayo del P. Salví era el dolor excesivo que se apoderó del virtuoso franciscano, viendo el poco fruto que sacaban los indios de sus piadosos sermones; la inmovilidad y el espanto de los otros comensales, entre ellos el de la condesa que «sostuvo» (se agarró) al P. Salví, eran serenidad y sangre fría de héroes, avezados al peligro en medio del cumplimiento de sus deberes, al lado de quienes los senadores romanos, sorprendidos por los galos invasores, eran nerviosas muchachuelas que se asustan ante cucarachas pintadas. Despues y para formar contraste, la pintura del ladron: miedo, locura, azoramiento, torva mirada, facciones desencajadas y ¡fuerza de la superioridad moral de la raza! ¡su respeto religioso al ver allí congregados á tan augustos personajes! Y venía entonces de perilla una larga imprecacion, una arenga, una declamacion contra la perversion de las buenas costumbres, de ahí la necesidad de erigir un tribunal militar permanente, «la declaracion del estado de sitio dentro del estado de sitio ya declarado, una legislacion especial, represiva, enérgica, porque es de todo punto necesario, ¡es de imperiosa urgencia hacer ver á los malvados y criminales que si el corazon es generoso y paternal para los sumisos y obedientes [264]á la ley, la mano es fuerte, firme, inexorable, severa y dura para los que contra toda razon faltan á ella é insultan las sagradas instituciones de la patria! Sí, señores, esto lo exige no solo el bien de estas islas, no solo el bien de la humanidad entera, sino tambien el nombre de España, la honra del nombre español, el prestigio del pueblo ibero, porque ante todas las cosas españoles somos y la bandera de España», etc., etc., etc.
Y terminaba el artículo con esta despedida:
«¡Vaya tranquilo el bravo guerrero, que con mano esperta rigió los destinos de este país en épocas tan calamitosas! ¡Vaya tranquilo á respirar las balsámicas brisas del Manzanares! ¡Nosotros aquí nos quedaremos como fieles centinelas para venerar su memoria, admirar sus sabias disposiciones, y vengar el infame atentado contra su espléndido regalo, que hemos de encontrar aun cuando tengamos que secar los mares! ¡Tan preciosa reliquia será para este pais eterno monumento de su esplendor, sangre fría y bravura!»
Así terminaba algo confuso el artículo y antes que amaneciese, lo envió á la redaccion ya con la previa autorizacion del censor. Y se durmió como Napoleon despues de haber dispuesto el plan de la batalla de Jena.
Le despertaron al amanecer con las cuartillas devueltas y una nota del director, diciendo que S. E. había prohibido severa y terminantemente se hablase del asunto y encargado se desmintiese cuantos comentarios y versiones corrieran, dándolos todos por cuentos, exageraciones y consejas.
Para Ben Zayb aquello era matarle á un hijo tan guapo y tan valiente, nacido y criado con tanto dolor y fatiga y ¿dónde encajar ahora la soberbia catilinaria, la exhibicion espléndida de aprestos bélico-justicieros? Y pensar que dentro de un mes ó dos iba él á dejar Filipinas, y el artículo no tendría salida en España, porque ¿cómo decir aquello contra los criminales de Madrid si allí imperan otras ideas, se buscan circunstancias atenuantes, se pesan los hechos, hay jurados, etc., etc.? Artículos como los suyos eran, como ciertos aguardientes envenenados que se fabrican en Europa, buenos para vendidos entre los negros, good for negroes, con la diferencia de que si los negros no los beben no se destruyen, mientras que los artículos de Ben Zayb, léanlos ó no los filipinos, producían sus efectos. [265]
—¡Si al menos se cometiese otro crímen mañana ó pasado! decía.
Y ante el pensamiento de aquel hijo muerto antes de impreso, capullos helados, y sintiendo que sus ojos se humedecían, se vistió para ver al director. El director se encogió de hombros: S. E. lo había prohibido, ¡porque si se llegaba á divulgar que siete dioses mayores se dejaron robar y sorprender por un cualquiera mientras blandían tenedores y cuchillos, peligraba la integridad de la Patria! Y así encargaba no se buscase ni la lámpara ni al ladron y recomendaba á sus sucesores no se arriesgasen á comer en ninguna casa particular, sin estar rodeados de alabarderos y guardias. Y como los que aquella noche supieron algo de los acontecimientos en casa de don Timoteo eran en su mayor parte empleados y militares, no era difícil desmentir el hecho en público: se trataba de la integridad de la patria. Ante este nombre, Ben Zayb bajó la cabeza lleno de heroismo, pensando en Abraham, Guzman el Bueno ó, cuando menos, en Brutus y otros antiguos héroes de la historia.
Tanto sacrificio no podía quedar sin recompensa. El dios de los periodistas estaba satisfecho de Abraham-Ben Zayb.
Casi al mismo tiempo vino el angel gacetillero trayendo el cordero bajo la forma de un asalto, cometido en una quinta á orillas del Pasig, en donde ciertos frailes pasaban la época del calor. ¡Aquella era la ocasion y Abraham-Ben Zayb alabó á su dios!
—Los bandidos sacaron más de dos mil pesos, dejaron mal herido á un religioso y á dos criados... El cura se defendió como pudo detrás de una silla, que quedó rota en sus manos...
—¡Espere, espere! decía Ben Zayb tomando notas; cuarenta o cincuenta tulisanes traidoramente... revólvers, bolos, escopetas, pistolas... leon esgrimiendo, silla... astillas... herido bárbaramente... diez mil pesos...
Y entusiasmado y no contento con los detalles, se trasladó él mismo al sitio de la ocurrencia, componiendo en el camino la descripcion homérica del combate. ¿Una arenguita en boca del gefe? ¿Una frase de desprecio en boca del religioso? Todas las metáforas y comparaciones, aplicadas á S. E., al P. Irene y al P. Salví, vendrían de molde para el religioso herido, y la descripcion del ladron para cada uno de los malhechores. En la imprecacion podía estenderse más, podía hablar de religion, [266]de la fé, de la caridad, del toque de las campanas, de lo que los indios deben á los frailes, enternecerse y diluirse en frases y lirismos castelarinos. Las señoritas de la capital le leerían y dirían:
—Ben Zayb, ¡bravo como un leon y tierno como un cordero!
Cuando llegó al sitio de la ocurrencia, con gran sorpresa suya encontró que el herido no era otro que el P. Camorra, castigado por su provincial á espiar en la quinta de placer, á orillas del Pasig, sus travesuras de Tianì. Tenía una pequeña herida en la mano, una contusion en la cabeza al caerse de espaldas; los ladrones eran tres é iban armados de bolos; la cantidad robada, cincuenta pesos.
—¡No puede ser! decía Ben Zayb; cállese usted... ¡no sabe lo que se dice!
—¡Que no lo he de saber, puñales!
—¡No sea usted tonto!... los ladrones debían ser más...
—¡Hombre! el chupa-tintas éste...
Tuvieron un buen altercado. Lo principal para Ben Zayb era no soltar el artículo, dar proporciones al hecho para que resulte la peroracion.
Cortó la discusion un susurro. Los ladrones cogidos habían hecho declaraciones importantes. Uno de los tulisanes de Matangláwin (Cabesang Tales) les había dado cita para reunirse con su banda en Santa Mesa, para saquear los conventos y las casas de los ricos... Les guiaría un español, alto, moreno, de cabellos blancos, que decía obraba por orden del General, de quien era muy amigo; se les había asegurado además que la artillería y varios regimientos se les reunirían, por lo que no debían tener miedo ninguno. Los tulisanes serían indultados, y la tercera parte del botin les correspondería. La señal debiendo ser un cañonazo, y habiéndolo esperado en vano, los tulisanes creyéndose burlados,unos se retiraron, otros volvieron á sus montañas prometiendo vengarse del español, que por segunda vez había faltado á su palabra. Ellos entonces, los ladrones cogidos, quisieron hacer algo por su cuenta y atacaron la quinta que hallaron más á mano, prometiendo dar religiosamente las dos terceras partes del botin al español de cabellos blancos si acaso las reclamaba.
Coincidiendo las señas con las de Simoun, la declaracion fué recibida como un absurdo y al ladron le aplicaron toda serie de [267]torturas, la máquina eléctrica inclusive, por aquella impía blasfemia. Mas, la noticia de la desaparicion del joyero habiendo llamado la atencion de toda la Escolta, y habiéndose encontrado sacos de pólvora y grande cantidad de cartuchos en su casa, la declaracion tuvo visos de verdad y empezó el misterio á rodear poco á poco el asunto, envolviéndose en nebulosidades, se habló cuchicheando, tosiendo, con miradas recelosas, puntos suspensivos, y muchas frases huecas de ocasion. Los que fueron iniciados no acababan de salir de su asombro, sacaban caras largas, palidecían y poco faltó para que muchos perdieran la razon al descubrirse ciertas cosas que habían pasado desapercibidas.
—¡De buena nos hemos librado! ¿Quién iba á decir...?
A la tarde, Ben Zayb, con los bolsillos llenos de revólvers y cartuchos, fué á visitar á don Custodio, que encontró trabajando de firme en un proyecto contra alhajeros americanos. Murmuró al oido del periodista, en voz quedísima y entre las dos palmas de la mano, palabras misteriosas.
—¿De véras? preguntó Ben Zayb llevándose las manos á los bolsillos, mientras palidecía visiblemente.
—Y donde le encuentren...
Terminó la frase con una mímica espresiva. Levantó ambos brazos á la altura de la cara, el derecho más encogido que el izquierdo, vueltas las palmas de la mano hácia el suelo, cerró un ojo y haciendo dos movimientos de avance,
—¡Psst, psst! silbó.
—¿Y los brillantes? preguntó Ben Zayb.
—Si se le encuentran...
É hizo otra mímica con los dedos de la mano derecha, haciéndolos girar de delante atrás y de fuera adentro, en movimiento de abanico que se cierra, de algo que se recoge, de aspas que giran barriendo imaginarios objetos para sí, con hábil escamoteo. Ben Zayb respondió por otra mímica, abriendo mucho los ojos, arqueando las cejas y sorbiendo ávidamente el aire, como si el aire alimenticio ya se hubiese descubierto.
—¡¡¡Jhs!!! [268]
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