Todo se sabe.
No obstante, apesar de tantas precauciones, los rumores llegaron hasta el público, si bien bastante alterados y mutilados. Eran el tema de los comentarios de la noche siguiente en casa de la rica familia de Orenda, comerciante en alhajas en el industrioso arrabal de Santa Cruz. Los numerosos amigos de la casa solo se ocupaban de ello. No se jugaba al tres-siete, ni se tocaba el piano, y la pequeña Tinay, la menor de todas las señoritas, se aburría sola jugando á la chongka, sin poderse explicar el interés que despiertan los asaltos, las conspiraciones, los sacos de pólvora, habiendo tantos hermosos sigayes en las siete casetas que parece le guiñan á una y le sonrien con sus boquitas entreabiertas para que los suba en la casa madre ó iná: Isagani que, cuando venía, jugaba con ella y se dejaba engañar lindamente, no acudía á sus llamamientos, Isagani escuchaba sombrío y silencioso lo que el platero Chichoy contaba. Momoy, el novio de la Sensia, la mayor de las de Orenda, hermosa y viva joven aunque algo burlona, había dejado la ventana donde solía pasar las noches en coloquio amoroso. Esto contrariaba mucho al loro cuya jaula pendía del alero, loro favorito de la casa por tener la habilidad de saludar por las mañanas á todo el mundo con maravillosas frases de amor. Capitana Loleng, la activa é inteligente capitana Loleng tenía su libro de cuentas abierto pero sin leerlo ni escribir nada en él; no fijaba la atencion en los platos, llenos de perlas sueltas, ni en los brillantes; aquella vez se olvidaba y era toda oidos. Su mismo marido, el gran Capitan Toringoy, trasformacion del nombre Domingo, el más feliz del arrabal, sin más ocupaciones que la de vestirse bien, comer, pasearse y charlar mientras toda su familia trabaja y se afana, no se iba á la tertulia, escuchando entre medroso y emocionado las horripilantes noticias del delgaducho Chichoy. [269]
Y no había para menos. Chichoy había ido á entregar unos trabajos para don Timoteo Pelaez, un par de pendientes para la recien casada, á la sazon en que demolían el kiosko que en la noche anterior había servido de comedor á las primeras autoridades. Aquí Chichoy se ponía pálido y sus cabellos se erizaban.
—¡Nakú! decía; sacos de pólvora, sacos de pólvora debajo del suelo, en el techo, debajo de la mesa, dentro de los asientos, ¡en todas partes! ¡Fortuna que ninguno de los trabajadores fumaba!
—Y ¿quién ha puesto esos sacos de pólvora? preguntaba Capitana Loleng, que era valiente y no palidecía como el enamorado Momoy.
Momoy había asistido á la boda y se comprende su póstuma emocion. Momoy había estado cerca del kiosko.
—Es lo que nadie podía explicarse, contestó Chichoy; ¿quién tenía interés en turbar la fiesta? No podía haber más que uno, decía el célebre abogado señor Pasta que estaba de visita, ó un enemigo de don Timoteo ó un rival de Juanito...
Las señoritas de Orenda se volvieron instintivamente hácia Isagani: Isagani se sonrió en silencio.
—¡Escóndase usted! le dijo Capitana Loleng; pueden calumniarle... ¡escóndase usted!
Isagani volvió á sonreirse y no contestó nada.
—Don Timoteo, prosiguió Chichoy, no sabía á quien atribuir el hecho; él mismo había dirigido los trabajos, él y su amigo Simoun, y nadie más. La casa se alborotó, vino el teniente de la Veterana, y despues de encargar á todos el secreto, me despidieron. Pero...
—Pero... pero... balbuceaba Momoy temblando.
—¡Nakú! dijo la Sensia mirando á su novio y temblando tambien al recuerdo de que había estado en la fiesta; este señorito... si llegaba á estallar...
Y miraba á su novio con ojos iracundos y admiraba su valor.
—Si llegaba á estallar...
—¡No quedaba nadie vivo en toda la calle de Anloague! añadió Capitan Toringoy afectando valor é indiferencia á los ojos de su familia.
—Yo me retiraba consternado, prosiguió Chichoy, pensando en que si solamente una chispa, un cigarrillo, se hubiese caido [270]ó se hubiese derramado una lámpara, ¡á la hora presente no tendriamos ni General, ni Arzobispo, ni nada, ni empleados siquiera! Todos los que estaban anoche en la fiesta, ¡pulverizados!
—¡Vírgen Santísima! Este señorito...
—¡Susmariosep! exclamó Capitana Loleng; todos nuestros deudores estaban allí; ¡susmariosep! ¡Y allí cerca tenemos una finca! ¿Quién podrá ser?...
—Ahora lo sabrán ustedes, añadió Chichoy en voz baja, pero es menester que guarden el secreto. Esta tarde me encontré con un amigo, escribiente en una oficina, y hablando del asunto, me ha dado la clave: lo ha sabido por unos empleados... ¿Quién creen ustedes que ha puesto los sacos de pólvora?
Muchos se encogieron de hombros; solo Capitan Toringoy miró de soslayo á Isagani.
—¿Los frailes?
—¿El chino Quiroga?
—¿Algun estudiante?
—¿Makaraig?
Capitan Toringoy tosía y miraba á Isagani.
Chichoy sacudió la cabeza sonriendo.
—¡El joyero Simoun!
—¡¡¡Simoun!!!
Un silencio, producido por el asombro, sucedió á estas palabras. Simoun, el espíritu negro del Capitan General, el riquísimo comerciante en cuya casa iban para á comprar piedras sueltas, ¡Simoun que recibía á las señoritas de Orenda con mucha finura y les decía finos cumplidos! Por lo mismo que la version parecía absurda, fué creida. Credo quia absurdum, decía S. Agustin.
—Pero Simoun, ¿no estaba anoche en la fiesta? preguntó Sensia.
—Sí, dijo Momoy, ¡pero ahora me acuerdo! Dejó la casa en el momento en que íbamos á cenar. Se marchó para sacar su regalo de bodas.
—¿Pero no era amigo del General? ¿no era socio de don Timoteo?
—Sí, se hizo socio para dar el golpe y matar á todos los españoles.
—¡Ya! dijo Sensia; ¡ahora lo veo!
—¿Cual? [271]
—Ustedes no querían creer á tía Tentay. Simoun es el diablo que tiene compradas las almas de todos los españoles... ¡tía Tentay lo decía!
Capitana Loleng se santiguó, miró inquieta hácia las piedras temiendo verlas convertidas en brasas; capitan Toringoy se quitó el anillo que había venido de Simoun.
—Simoun ha desaparecido sin dejar huellas, añadió Chichoy; La Guardia Civil le busca.
—¡Sí! dijo Sensia; ¡que busquen al demonio!
Y se santiguó. Ahora se explicaban muchas cosas, la riqueza fabulosa de Simoun, el olor particular de su casa, olor á azufre. Binday, otra de las señoritas de Orenda, cándida y adorable muchacha, se acordaba de haber visto llamas azules en la casa del joyero una tarde en que, en compañía de la madre, habían ido á comprar piedras.
Isagani escuchaba atento, sin decir una palabra.
—¡Por eso, anoche...! balbuceó Momoy.
—¿Anoche? repitió Sensia entre curiosa y celosa.
Momoy no se decidía, pero la cara que le puso Sensia le quitó el miedo.
—Anoche, mientras cenábamos, hubo un alboroto; la luz se apagó en el comedor del General. Dicen que un desconocido robó lámpara que había regalado Simoun.
—¿Un ladron? ¿Uno de la Mano Negra?
Isagani se levantó y se puso á pasear.
—¿Y no le cogieron?
—Saltó al río; nadie ha podido verle. Unos dicen que era español, otros que chino, otros, indio...
—Se cree que con esa lámpara, repuso Chichoy, se iba á encender toda la casa, la pólvora...
Momoy volvió á estremecerse, pero habiendo visto que Sensia se había apercibido de su miedo, quiso arreglarlo.
—¡Qué lástima! exclamó haciendo un esfuerzo; ¡qué mal ha hecho el ladron! Hubieran muerto todos...
Sensia le miró espantada; las mujeres se persignaron: Capitan Toringoy que tenía miedo á la politica, hizo ademan de alejarse. Momoy acudió á Isagani.
—Siempre es malo apoderarse de lo que no es suyo, contestó Isagani con enigmática sonrisa; si ese ladron hubiese sabido de qué se trataba y hubiese podido reflexionar, ¡de seguro que no lo habría hecho! [272]
Y añadió despues de una pausa:
—¡Por nada del mundo quisiera estar en su lugar!
Y así siguieron comentando y haciendo conjeturas.
Una hora despues, Isagani se despedía de la familia para retirarse para siempre al lado de su tío.
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