El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 18

Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía, los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor en las gentes sencillas.

Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio. Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte de curar.

Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón{215} y un gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al saludo humilde de sus visitantes con una interrogación:

—¿Tú eres de Navahonda, verdad?

—Sí, señor.

Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos...

—¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina?

—Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.

Don Artemio dejaba escapar un gruñido.

—¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la verdad. ¿Qué te trae por aquí?...

El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras.

—Verá usted...

Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes. Morón iba en su auxilio.

—Tú tienes calenturas.

—Sí, señor...

—Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te echan fuego.

—Sí, señor...

—Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones!

—Sí, señor, y después...

—No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas fiebres. Entra.

Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad, Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por él mismo para curar los males de estómago y{216} de garganta, engordar ó enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas, zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle notables rendimientos.

En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro Blanco.

Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio. Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el camino. En la mesa no había servilletas.

—Yo iré á buscarlas—dijo Juanita, la hija menor.

Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal presentimiento, exclamó:

—Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No vayas á tropezar! ¡Enciende una luz!{217}

La muchacha repuso:

—No hace falta.

A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo contra el suelo.

La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:

—¡Mi hija!...

Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz. Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la chiquilla había muerto de miedo.

—Los doctores Narro y Fernández Parreño—dijo Erato—hicieron la autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía una angina de pecho.

Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no habría otra?

De esta opinión participaba el boticario.

—¡Déjenme ustedes de anginas!—exclamó—; en la vida ocurren sucesos inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes;{218} murió de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo...

Y, bajando la voz, como para contar una picardía:

—Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.

Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de acercarse.

—Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola. Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle del Sacramento.

Un indiscreto atajó al narrador.

—¿La hija de López?

—¿Qué López?

—Teobaldo López, el notario.

—Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita.

Hubo sonrisas y maliciosos comentarios:

—¡Cómo que la chiquilla es preciosa!

—¡Tiene un cuerpo!

—¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos?

Prosiguió don Artemio:

—Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?...{219} Miedo de no poder conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca, como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor; sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad, parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse, tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí, porque ahora, según cuentan, quiere casarse.

Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica:

—Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es el mismo.

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