Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro bienestar experimentaba{220} ese regocijo, esos deseos de cantar y de moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba risas.
Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba:
—¿Por qué estoy contento?...
Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á sangre.
Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera, exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas savias vernales eran fuego en sus venas.
A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su matronil, hermosura y cierta tristeza{221} otoñal que infundía á sus movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido, desconfiado y hostil, estaba allí siempre?...
Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su afán.
Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria necesitó después...
El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo, las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella, apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina, ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación.
Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa{222} temblaba, se retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad, empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil, rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas. Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.
Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar, su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este contrasentido, llenaba su ánimo de estupor.{223}
—En Puertopomares no hay nadie—pensó—; no queda nadie, más que don Gil Tomás.
El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó.
—Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí, las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía.
Don Gil habíase detenido debajo del balcón.
—¿Subo?...—preguntó.
Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y tranquila, repitió:
—Subo.
En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos, adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como topacios.
Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color y la enana ridiculez del hominicaco la producían.
Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la barandilla del balcón, murmuró:
—No puede usted subir.
Don Gil Tomás levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará.
—La niña—repuso el íncubo—no oirá nada.{224}
Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba.
—Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías?
Ella replicó:
—Sí, lo sabía.
—¿Y por qué no te dabas á mí?
Y doña Fabiana, suspirando:
—Porque me daba usted mucho miedo.
Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tenía límites: un pavor que era asco; un asco que era, á su vez, violento deseo de entrega y capitulación. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallóse en su cama, los brazos arriba y atrás, bajo la nuca, el bello cuerpo á merced del íncubo, por momentos más exaltado y apremiante. Con los ojos del espíritu veía á su derecha á Antoñita dormida, y á su izquierda á don Ignacio, dormido también. Mirándole, pensó:
—Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aquí me salvaría...
Y según en la complejidad incalculable de la vida mental los pensamientos más antagónicos coexisten ó turnan en el gobierno del ánimo, así la atribulada señora quería que su marido oportunamente acudiese á salvarla del adulterio, como deseaba que la hórrida violación se consumase. Después sintió sobre la encendida fresa de sus labios entreabiertos por la congoja de su corazón, los labios de don Gil. Sus mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de pagana turgencia, los dedos del íncubo se crisparon. Experimentó entonces{225} una repugnancia mayor; aquellas manecitas frías, alimonadas, suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjéronle la aversión que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa enervación iba en aumento: la sintió en su vientre, sobre sus flancos; una especie de ardientísimo vapor la envolvía; todo su cuerpo temblaba cual si una corriente eléctrica lo sacudiese...
De súbito las imágenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un choque. Doña Fabiana lanzó un grito, entreabrió los párpados y hallóse al lado de don Ignacio. Asustada, se estrechó contra él. El veterinario despertó.
—Estás soñando—dijo—; ¿verdad?... Estabas soñando...
Ella temblaba aún bajo el recuerdo vitando de su pesadilla.
—¿De dónde vienes?—preguntó.
—¿Cómo, de dónde vengo?... ¡Despierta, mujer!... ¿Acaso me he movido de aquí?...
Y, recogiendo sus ideas:
—Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué cuando desperté.
Doña Fabiana, temblando, murmuró:
—Abrázame...
Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco amable figura de don Gil, había pasado. Describió la{226} escena con todo el acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus manos de enano la palparon...
Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos.
—¿Quieres no contar más desatinos?—exclamó—, porque mañana, si me tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no respondo de darle una pateadura.