El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 21

Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños, puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo; el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia.

Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos.{244} Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario, donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos.

Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos, abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala, sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba.

La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas; Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.{245}

Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba; Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron, casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó. Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la calle, los vecinos le oían suspirar...

Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:

«Todavía es pronto...»

Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la sensación del hielo.

Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro, trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio. Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y en la mesa el sitio del señor{246} Frasquito continuaba vacío, como esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto.

A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer. Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato, misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su hermano, la partió en cuatro pedazos.

—¡Así habremos desterrado la mala sombra!—exclamó.

Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos, resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo, desaparecieron también.

El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente,{247} asomada á las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si detrás de cada puerta acechase el oído de un policía.

En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron ante la casa de los Rojos, dos chirriones cargados de ladrillos, que fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso; además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud, procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino, buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio, tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de verlo una mañana desmenuzado y removido.

Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su prudencia, los dos hermanos decidiéronse{248} á exhumar aquellas tres orzas, repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos, habían pensado.

Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías. Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción.

La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles, pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del filón.

A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho:

«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo. Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.»

La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con flexibilidades tigrescas.{249}

En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo. Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada, las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido, dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero, mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de abajo como un temblor sísmico.

La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo, desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta.

—Creo—suspiró—que estamos perdiendo el tiempo.

Rita, en cuclillas á su lado, murmuró:

—Pero si «él» lo ha dicho.

Se refería á don Gil.{250}

—Sí—repuso Paredes;—«él» lo dijo; pero, ya ves...

Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos, tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan hondo como cavó Frasquito Miguel?

Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante. Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala, empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos.

De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que, suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza. Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro, asomaba orondo en la pared del{251} tajo, y era grande y verde, según Toribio y Rita la vieron en sueños.

—Mírala—balbuceó la mujerona conteniendo un grito.

Y su hermano, temblando, repitió:

—Mírala...

Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo, sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias, retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna.

Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa palidez.

—¿Está vacía?—balbuceó Rita.

—Parece que sí...

La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire, acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista, dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho, regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía frío, ni siquiera percatábase del dolor{252} de sus brazos entumecidos por el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.

Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco, cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos. Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos correspondían mil quinientas pesetas.

—Es tonto andar en particiones—dijo Toribio—pues que hemos de seguir viviendo juntos.

—No importa—objetó Rita;—con el dinero no se juega, por aquello de que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual sabrá exactamente cuánto aportó al negocio.

Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos una disputa.

—¡Es falso!—exclamó Rita;—¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme? Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro.

El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo.{253}

—No seas imbécil—dijo—si todos son iguales. ¿No ves que todos son iguales?

—Pues no quiero ese. Cámbiamelo.

Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda, exclamando:

—¡Cruz!...

La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa.

—Cara—murmuró Rita riendo;—me alegro; has perdido.

Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso, y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á dormir.

A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas, cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas. Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre pequeñito no había mentido.

Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar. Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir. Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la Glorieta del Parque,{254} contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio, calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y, por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en caso de necesidad, podía ser fácilmente techado.

La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos, tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.

Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor Frasquito.

—El pobre hombre—decían—, con sus borracheras, traía arruinada á su familia; Dios hizo bien en llevársele...

Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público. Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y los Rojos obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.

Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias broncíneas de la murga{255} duraron hasta media noche, y dieron ocasión para que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales, observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre, sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en pantalones y lucía un corsé rojo muy largo.

—¡Si respirase!—pensaban.

Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías, que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado. Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas, tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros, sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos, brillaban con petulante júbilo{256} bajo la luz. Tras el mostrador, los hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una especie de agua lustral.

Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes, Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda. Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y{257} nunca sus espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente, detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...

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