Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así, aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares—ellas atribuían el fenómeno á la primavera—inquietudes extraordinarias. La obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren, caminaban más despacio.
—Siempre en esta época—pensaban los padres—la clorósis y la anemia hacen estragos en las muchachas.{227}
Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos, atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las kolas y los glicero-fosfatos de su botica.
En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata. Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas, ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el suelo semejante á la cola de un vestido de baile.
De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa; antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto, seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día.
Por las tardes, en el aislamiento conventual de la{228} rebotica, mientras hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias, adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas, las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:
—¡Me ha recetado un purgante!...
Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su misticismo una amenaza del infierno.
—Estamos embrujadas—repetía—: yo creo que debemos confesárselo todo al cura y pedirle que nos exorcise.
Estas palabras causaron impresión.
—Yo—dijo Flora—desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.
—Yo—agregó Anita—no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en adelante dormiré con los brazos en cruz.
Micaela insistía:
—Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura...{229}
Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:
—Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?...
Micaela empezó á describir su última pesadilla.
—Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco horrible...
Flora interrumpió el relato con una observación:
—Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?...
—Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era bueno y era horrible á la vez...
Concluyó:
—La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles.
Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas veces, sin perder la idea de su personalidad,{230} sin olvidarse de su nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros. Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña, oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta, llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno, que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro, amenazador, y las mujeres se{231} iban llevándose en la memoria la figura del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían la cara de don Gil.
Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y susto.
—Creo—dijo—que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza, debemos confesárselo todo al cura.
Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes, mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas, y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal silba de deseo.
Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría más benévolamente sus confesiones.
—Don Leopoldo—dijo la hija de Fernández Parreño—es demasiado joven.
—Y don Emilio—agregó Flora—tiene muy mal genio.
Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y desusado, nadie mejor que don Antolín, el{232} cura más viejo de Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia de la araña?...
Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía, como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en ella un extraño aguijón.
Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños agitados,{233} de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio, que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión... Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura.
Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero.
Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte.
El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares. Los{234} conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez, era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos, y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes.
El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.
Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como otras muchas, en la reja de su novia.
—Por cierto—dijo deslizando en su observación un poco de malicia—que no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa.
Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con la salpimienta{235} y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos.
Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento, quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase.
La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla después con llaves y cerrojos.
—Deben de ser las doce—pensaban.
Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba{236} una hora. La casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de alejarse lo suficiente para no ser visto.
Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro. Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas y á tales horas.
—¿Ha pasado por aquí Romualdo?—preguntó Morón.
—No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde.
El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba en casa de doña Virtudes.
Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el esclarecimiento de aquel enredo.
—Es indispensable—prosiguió—que esta misma noche los naipes queden boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio?
Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán.{237}
—Pues hoy no se duerme—ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión y su autoridad en el Ayuntamiento—; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien? Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo.
No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía enredarse, sonaron las tres... las tres y media...
A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y salutación.{238}
—Bien se madruga, don Artemio.
—Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las sábanas.
—Hasta mañana, don Artemio.
—Hasta mañana, Romualdo.
El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé todo y va hecho un tigre»—pensaba.
Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído, le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no volvieron á mirarle en toda la noche.
El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil.
El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos, alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad.
—El que pordiosea—decía—es porque no puede hacer otra cosa...
Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con una sonrisita de satisfacción.
—¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio.{239}
Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino más antiguo y mejor de la finca.
El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día, á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero. Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio. El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...
Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una pipa.
¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión, sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un perro, el{240} señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este capricho bélico el tonelero solía decir:
—Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos vacías.
Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico, metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un bolsillo atrás, sobre las caderas.
—Porque yo—decía—siempre voy armado.
Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces, apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba:
—¿Se te ha olvidado algo?
Y él respondía, un poco misterioso:
—Sí; el revólver...
Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso.
—¡El revólver de papá!...—decían.
Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba. Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que defendía el hogar y velaba por la salud de todos.
Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y{241} llegó la catástrofe con la fuerza inexorable de lo preestablecido.
Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con dolor de sus riñones tantos años consigo?...
La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!... Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas.
El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que disparó, fué contra su amo.
Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no impedírselo las{242} criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.
Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle, tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche, vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus senos y las enseñaba las láminas lascivas{243} del Libro del Pecado; el iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que, jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo...
Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la superstición.
—¡Ahora me explico su muerte!—exclamó.
Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo.