Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y el Charro acudieron al túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa. Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto, recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores idénticos á los de un tren en marcha.
Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez, engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua, creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente.
Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta á seguirle{267} no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde embarcarían los tres para Buenos Aires.
—Cuando yo salga de Salamanca—agregó—te escribiré dos letras, diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo sumo, un par de semanas.
Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella obediencia.
—¿Es que aparentas transigir—exclamó—para alejarme de tu lado sin riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya veríamos!...
La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para ella la voz de fuego del recuerdo.
—No pienso engañarte—repuso—; es que te quiero, Vicente; es que no puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...
Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba{268} los lamentos de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa, mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes, alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento; el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y que resonaban en el silencio como pisadas duendes...
A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la ráfaga—hierro y fuego—del tren, y ante la linterna roja de la locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche, Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un paraíso.
Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de las personas que la conociesen,{269} al separarse de Vicente había ido al río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora. Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano, maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los niños ya habían cenado.
—¿Piensas volver á las andadas?—gritó—¡Pues no estoy dispuesto á consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando.
Rita le miró con frío desdén.
—Esta casa—repuso—es de los dos, y en ella mandamos los dos por igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías...
Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad. A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del Charro. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su colación, la mujerona{270} se acostó, y, de un tirón, como cuando niña, durmió toda la noche.
Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador, dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á examinar los escaparates.
—Ahí va don Ignacio—pensaba.
O bien:
—Es don Elías, que vuelve del Casino...
Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio de una percha, los objetos suspendidos del techo.
En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal:
«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el padre debo hacer con ellos»...
En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente; no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa, empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado, ¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel{271} dinero iban comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?...
Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante, la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la amenaza del brujo: «Si no me obedeces—había dicho don Gil—te llevaré á los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?...
La mujerona repetía:
—Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro remedio...
Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus hijos.
Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López, esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales{272} que tal empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.
Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y nadie compra?... Entonces surgió en el Charro la idea de buscar fuera de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo obtuvo la alianza del Charro.
Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances, el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que, antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose.
Una noche Vicente López soñó con su antigua{273} amante Rita Paredes: la halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos—dolor de olvido—le impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?...
Con zozobra, el Charro pensó:
«¿Habrá muerto Rita?...»
Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los apuros económicos con que el Charro tropezaba en su oficio, el genio bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no debía importunarle, podía ser suyo.
Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable afecto se envolvía, que la conciencia{274} de Vicente barajó y llegó á mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á Puertopomares y hablar con Rita.
Cuando el Charro enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de juguetes y de ropas, no se sorprendió.
«Todo esto—pensó—lo he visto ya»...
Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante, lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales; y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle.