Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino.
«Me voy á Coruña esta noche—decía—y en el vapor{275} Carolina, que zarpa de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo. Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al correo que llega ahí á las siete y cuarenta».
Firmaba el Charro sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía previsoramente:
«Rompe este papel.»
La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos; pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal—tijeras, cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos—puestos en ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día, las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una risa.
A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías. Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía en deshacerse de los tres hijos del señor{276} Frasquito arrojándoles al paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba; la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que, sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»...
El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era martes, día de agorerías y maleficios.
—Martes—repitió mentalmente la Roja—; de aquí al sábado, hay tiempo para todo.
Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza, invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si, contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos; tenía celos de ellos.
—¿Voy contigo, mamá?
—No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele salir y la tienda no debe quedarse sola.
En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado, llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco, atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la interpelaron:{277}
—¿Va usted á poner escuela, señora Rita?
La mujerona reía con naturalidad.
—Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire.
Y añadía, designando á los niños:
—Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al río.
—¿Irá usted por el túnel?
—Eso pensaba.
—Tenga usted cuidado con los trenes.
—Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro.
Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar:
—Mucho cambian los tiempos, Rita.
—Mucho, don Artemio.
—¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de ser!...
La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol, próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de hoja seca.
Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques,{278} corrían los niños. La mujerona iba pensando:
«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas cadenas quedarán rotas... y seré libre...»
Personas que volvían de la Estación, la saludaban.
—Buenas tardes, señora Rita.
—Buenas tardes...
Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora.
—¿De paseo, eh, señora Rita?
—De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire.
—¡Muy bien, hasta luego!...
—Hasta después, adiós...
Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras, vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba:
«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.»
A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación; al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado, enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad, todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos, dispersos{279} entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan de encenderse las luces del andén.
La mujerona llamó á sus hijos.
—¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?...
La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa. Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo atrae á la infancia.
—¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!—exclamaron á coro.
El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares; cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...» Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos. Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á haber luz.
Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente, como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido de{280} sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.
—Mamá... mamá...—balbuceó.
Su madre repuso:
—Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí.
Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio:
—Mamá, tengo miedo...
Replicó ella con aspereza:
—¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid adelante, que falta poco.
En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte pasase.{281}
Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á llorar.
—¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo mucho miedo!...
Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía, se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo, bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo, Pepe preguntó:
—¿A qué esperamos aquí, mamá?
—A que pase el tren.
—¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?...
—No; porque más adelante el camino se estrecha mucho.
Transcurridos unos instantes habló Paquito:
—Mamá... mamá...
—¿Qué?
—¿Tardará mucho el tren?
—No; tardará poco...
Rita, sin querer, apretaba los dientes.
María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos, consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á interrogar:
—Mamá... ¿tardará mucho el tren?...
—No, vendrá pronto.
—Bueno...
Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del tiempo.{282}
—Cuando salgamos de aquí—dijo—ya será de noche.
Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores. Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar:
—¡Mamá!... ¡Madrecita!...
Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho, de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono, una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció resquebrajarse y saltar en añicos la montaña.
La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar:
—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...
Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con otros, les precipitó sobre la vía.
Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:
—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...
Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita Paredes escapaba del túnel, por{283} el lado del río. Momentos después, su figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca...
Varios transeúntes la detuvieron:
—¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?...
Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver del señor Frasquito.
—Los he perdido—sollozaba—los he perdido...
—¿A quién ha perdido usted, Rita?...
—A mis hijos...
Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían automáticamente:
—He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos...
A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se acercaron á la mujerona.
—¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á sus hijos?... ¡No es posible!...
—Sí; á los tres.
—¿Cómo?... ¿Ahora?
—Sí... ahora...
—¿Dónde?
—Abajo... allí...
Con un gesto, señalaba hacia la tierra.
—Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren.{284}