El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 25

En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar «Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y, finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación de Rita en no abrir la tienda.

Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos furibundos.

—Esa mujer—aludía á su hermana—tiene menos discernimiento que un asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece, por imbécil, que la tundan á palos?...

Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo. Repetían sus palabras:{285}

«Los pobrecitos—había dicho Rita—no salen nunca y necesitan tomar un poco de aire».

La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á cuantas personas llegaban á la botica:

—Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los bolsillos de golosinas; iban contentísimos.

La Roja, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que se siente morir.

Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca, para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció. Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había renunciado á seguir protegiendo á su cómplice.{286}

Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido, los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible, atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas. Entonces pensaba:

«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...»

La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un camino.

El jueves de aquella misma semana recibió una carta del Charro, fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa, apremiante como un telegrama. Decía:

«Ya no podemos embarcar en el Carolina, que sale de aquí mañana. ¿Qué sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me quieres?...»

Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna emoción simpática. No recomponía bien la significación de{287} aquel hombre en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del Charro cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre, mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual.

—¡Vicente!—murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su desorganizada memoria—; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así? ¡No me acuerdo bien de él!

Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose, echaría fuera de sí aquella inquietud.

Pensaba:

«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...»

En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida.

Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos, inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron:

—¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!...

Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto,{288} como si la calle estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la tocó en el hombro:

—Señora Rita...

La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco asustada, repitió:

—Señora Rita...

Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones penosas, pudo responder:

—¿Qué?...

Su voz sonaba raramente. La preguntaron:

—¿Está usted dormida?

—¿Dormida?—repitió.

—Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese traje?

—¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?...

El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro.

—Rita—la decían—, Rita...

—¿Qué?... ¿Quién me llama?...

De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso, como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del aquelarre. Empezó á tiritar.

—¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?...

Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y salpicada de cabellos blancos; sus{289} ojuelos de lobo, amustiados por el miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca, rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina. Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes, enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un espantapájaros. Todos murmuraban:

—Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!...

La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal, que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra la pared de la Casa-Correos.

—¿Por qué estoy aquí?—balbuceaba—¿Qué vine á hacer aquí?...

Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.

—¿Qué vine á hacer aquí?...

Sin embargo, no quería marcharse; esperaba algo.

La mujer que primero la vió, dijo:

—Usted, hace un momento, salió de su casa para echar una carta al buzón.

Rita, murmuró:

—¿Una carta?

—Sí, señora. La llevaba usted en la mano y la depositó usted ahí.

Señaló con un gesto al buzón; Rita siguió aquel movimiento; después se miró los dedos. Su interlocutora explicó á los circunstantes:{290}

—¡Pobre mujer! Está buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella...

En seguida, dirigiéndose á Rita:

—La carta la puso usted ahí. ¿Comprende? Ahí...

La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada, hacia un abismo.

—¿A quién escribió usted?—la preguntaron.

—No sé.

—¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito?

Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su memoria. Vaciló unos segundos y luego:

—No... no es á él—balbuceó—á quien he escrito...

Después:

—Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...

Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.

—¿Sabe usted para quién era la carta?

—Sí.

—¿Se acuerda usted de la persona?

—Sí; he escrito al juez.

Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en el auditorio acre emoción.

—¿Ha escrito usted al juez?

—Sí.

—¿A don Niceto?

—Sí...

—¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?...{291}

—Para... para decirle... para decirle...

No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida, lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de sangre.

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