El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares», insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla{302} había adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado mucho.
El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana, Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y severo, le decía:
—Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna.
Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin, engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas. Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los cabos{303} de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada madre mayores tinieblas.
La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos, Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y municipales, formó un pelotón de quince hombres.
Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta, pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje amarillo de su armamento{304} y los cañones de sus mausers, lucían marciales en la oscuridad.
Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta, gritaban:
—¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir vivos de aquí!...
Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos escapados de una tempestad en formación.
Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros, que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar, familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo. Todas, á coro, voceaban:
—¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!...
Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.
En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla. Luego,{305} entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las mujeres se desgañitaban:
—¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!...
Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué retirado á la enfermería.
—¡Mueran los asesinos!—repetía la turba ganando terreno.
Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos, con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los amotinados:
—¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos culpa de nada?...
En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á{306} las ruedas. Un vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una cuchillada en la espalda.
Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las turbas huyeron.
De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los hermanos Paredes de Puertomares.