El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 31

—Advierto desde hace tiempo—había dicho don Valentín—que don Ignacio no se muerde más que las uñas de los dedos pulgares...

La observación era rigurosamente cierta. Varios meses hacía que el señor Martínez, apenas se hallaba solo, empezaba á comerse vorazmente las uñas de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en él una impaciente y colérica preocupación. Su inquietud provenía de la noche en que doña Fabiana se levantó sonámbula para ir á casa del hombre amarillo y pequeñito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni la de Fermín, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son frecuentes los ensueños que sugestionan á las personas dormidas al extremo de obligarlas á la acción. Lo inexplicable eran el sincronismo y la absoluta concordancia de ambos fenómenos. Don Gil había dicho al tartanero:

«A las doce en punto estarás con tu coche delante de la puerta de don Ignacio.»

Y á doña Fabiana:

«Su marido está enfermo. Vaya usted á verle. Fermín la llevará á usted...»

El veterinario se recomía los sesos escudriñando los vínculos que pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acérrimo y refractario, de consiguiente, á admitir que las almas campasen solas, bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba á toda cábala científica. Allí había un secreto, un enigma, demasiado complejo para achacarlo á la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el recelo de parecer asustadizo y de que las{336} gentes empezasen á decir que don Gil Tomás gustaba de doña Fabiana, le contenían. Su reserva y las supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupación. Como él, doña Fabiana advertía á su alrededor, especialmente de noche, un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En otra ocasión, Martínez hubiese achacado aquel sobresalto á un principio de neurastenia; pero, contra esta suposición tranquilizadora, alzábase el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo, á la virtud de su mujer.

—¿Tú no crees—preguntaba Martínez á doña Fabiana—que don Gil esté enamorado de ti?

—No lo creo.

—Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo dijiste.

—¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son tonterías.

Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera; el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.

Además, la señora de Martínez no había vuelto á soñar con don Gil, y si alguna vez le vió en sueños, fué tan ligeramente, que su imagen no dejó rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no sabía interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco, muy pulcro, le impedía formular preguntas infames. Doña Fabiana, sin embargo, le respondía explícitamente. Demasiado comprendía las curiosidades de su marido cuáles eran y por dónde iban orientadas.

—Puedes creer—le decía—que después de esa noche de que ya hemos hablado, no he visto á don Gil.{337}

Con cuya misericordiosa afirmación Martínez sentía apaciguarse la agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazón de una sofocante pesadumbre.

Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenzó á celebrarse en Salamanca la vista del proceso instruído contra los hermanos Paredes. La noticia produjo en Puertopomares indecible emoción y devolvió á los Rojos todo su repugnante interés criminal. Los detalles de la causa, un poco olvidados en el somnífero transcurso de aquel año, readquirieron llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada siempre «casa del chopo», miraba recelosa hacia la puerta; aquella puertecilla sórdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la calle, por donde el cadáver del señor Frasquito salió una mañana llevándose á la tierra el secreto de su agonía. Nada faltaba en el negro horror de tan inaudita tragedia policíaca: las relaciones incestuosas de Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el planteamiento y realización de su crimen; el hallazgo de las tres orzas, llenas de dinero, detalle que enardecía la imaginación popular inclinada á creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de tan ominosa película ofrecía un intervalo de sosiego, de paz hipócrita: el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia honrada, fértil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente á la crianza de sus hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de súbito, sin razón ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar á tres niños bajo las ruedas de un tren. ¿Por qué aquel triple infanticidio? ¿Qué espíritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la ofrenda{338} de aquella sangre inocente? ¿Asesinando á sus hijos cumpliría Rita Paredes algún voto?...

Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles en las posiciones que cada cual había elegido. Rita ratificaba puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad á su hermano. En cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona se aturrullaba y contradecía, su situación era, por momentos, más falsa. Vicente López se disculpaba diciendo que, efectivamente, él quiso llevarse á Buenos Aires á su hijo Deogracias y á Rita, pero que no comprendía por qué ésta asesinó á sus otros hijos, ni cómo pudo llegar á tan desaforado extremo de sevicia.

Fernández Parreño y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurrió la muerte del señor Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al proceso, pero sirvieron para exacerbar la pública inquietud. Los comentarios se multiplicaban hasta lo infinito; á Epifanio Rodríguez, el estanquillero, le arrebataban los periódicos de las manos.

En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del Café de la Coja, bajo el emparrado tendido, á modo de visera, ante el Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se reuniesen cuatro ó cinco personas, siempre había una dispuesta á leer en alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenían un interés nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias, emboscadas y ágiles taimerías del fiscal. En el Casino, donde, según costumbre, Martínez era el encargado{339} de leer los periódicos, reinaba expectación indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas sobre la nariz y cogía la Prensa, apagábanse todos los murmullos del salón, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel, Fernández Parreño y otros amigos, los oyentes se oprimían. Cada cual cogía una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas eléctricas, únicamente Teodoro, rígido y vestido de negro, las manos atrás y la servilleta al hombro, permanecía de pie. Su cabeza pálida, cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados según la moda francesa, parecía de oro.

Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta sesión. Don Ignacio Martínez, que acababa de beber una copita de coñac, se limpió los labios con la mano, paseó por su auditorio una mirada satisfecha, y empezó á leer:

«A las dos en punto comienza la sesión. La tribuna pública rebosa gente; los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el señor presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes; luego su hermano, Toribio Paredes; detrás, Vicente López. Los tres ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, á lo que el señor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con Vicente y Toribio. Este no dice nada; hállase muy abatido y no levanta los ojos de la alfombra. Vicente López, en cambio, mira al público con descaro y sonríe á los periodistas.

»Empieza el interrogatorio. A una invitación del{340} señor presidente, Rita Paredes se levanta. Parece más alta, más flaca, más angulosa, que nunca. Sus brazos descarnados forman, con la línea de los hombros, un ángulo recto.

»Fiscal.—Veamos, Rita: el Tribunal está muy satisfecho de usted porque, desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida á ayudarle en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que á Frasquito Miguel le mataron entre usted y su hermano Toribio. ¿Es esto verdad?

»Rita.—Sí, señor.

»—¿En la comisión del asesinato no les ayudó nadie? ¿No tenían ustedes algún cómplice?

»—No, señor, ninguno.

»—Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando él regresó del Café de la Coja, ya de madrugada, vió á un hombre que salía corriendo de casa de ustedes, y que en aquel individuo creyó reconocer á Vicente López, el Charro, antiguo amante de usted.

»—Es mentira.

»—Fíjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echaría usted sobre su conciencia una responsabilidad gravísima, si, por favorecer á la persona que ama, acusase usted á un inocente.

»—He dicho la verdad.

»—Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa convicción. Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, según declaración de diversos testigos, parecía profesar á su cuñado morganático sincero afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle.{341} En cambio, hallo muy verosímil que usted y Vicente López, el padre de su primer hijo y, según indicios, el hombre á quien usted ha querido más, decidiesen matar á Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir á Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la perpetración del delito y el día de la fuga, no significa nada, ni pesa nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado por ustedes para eludir sospechas.

»(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente López se rebulle en su asiento y hace con la cabeza enérgicos ademanes negativos. Uno de los guardias que le custodian le toca en la espalda y por señas le ordena que observe más circunspección y mesura. El Charro suspira y se encoje de hombros).

»Fiscal.—¿Qué responde usted, Rita, á lo que acabo de decir?

»Rita.—Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio no salió á la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa á hurtadillas suyas. Además, en aquella época Vicente López no vivía en Puertopomares.

»—¿Dónde estaba?

»—No lo sé; no nos escribíamos. Habíamos reñido y hacía años que yo no tenía noticias de él.

»(El abogado de Toribio Paredes pide autorización para dirigir á la acusada una pregunta. El Tribunal consiente).

»El señor García Pérez.—¿Cómo explica entonces la acusada que, apenas asesinado el señor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente López el cariño hacia ella? Yo invito á la Sala á fijarse en la extraña concatenación de estos hechos. Hay entre ambos una derivación perfectamente lógica. A mi juicio, si Vicente{342} López no es el ejecutor del crimen, fué, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su repentino amor á la acusada sólo se explica por el deseo de apoderarse del dinero de la víctima. Es cuanto tenía que decir.

»El señor Bastín, defensor de Vicente López, exclama:

»—Esa observación carece de sentido.

»El señor García Pérez, que no ha oído:

»—¿Cómo?

»—El señor Bastín.—Se quiere, porque sí, y los amores que parecían muertos resucitan también «porque sí». Esto sucede todos los días. Decir lo contrario es hablar como lo haría un chiquillo sin experiencia.

»(Risas. Los dos letrados entablan un tiroteo de frases bastante vivo. El señor presidente se cree obligado á intervenir):

»—¡Orden, señores!...

»(El señor García Pérez se sienta, un poco sofocado, y al hacerlo deja caer unos papeles que revuelan como mariposas y se esparcen sobre la alfombra. El señor García Pérez hace un guiño de contrariedad. Más risas).

»Fiscal.—¿No obstante lo afirmado por el señor García Pérez, la acusada mantiene sus declaraciones?

»Rita.—Sí, señor.

»—¿Su hermano Toribio es el único autor material y moral del asesinato cometido en la persona de Frasquito Miguel?

»—¿Cómo, moral? ¿Qué quiere decir eso?...

»—Pregunto que si fuera de Toribio no hubo nadie, Vicente López, por ejemplo, ú otra persona cualquiera, que les aconsejase, tanto á usted como á su hermano, desembarazarse del señor Frasquito.

»(Hay una pausa. Rita parece vacilar. El señor fiscal insiste):{343}

»—Díganos la verdad: ¿Nadie indujo á ustedes al asesinato del señor Frasquito?

»—Sí, señor.

»—¿Cómo? ¿Alguien ha aconsejado á ustedes matar á Frasquito Miguel?

»—Sí, señor.

»—De ello, sin embargo, nada había usted dicho hasta ahora...

»—No, señor.

»—¿Por qué?...

»—No me había acordado.

»(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emoción. La mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonámbula. Toribio Paredes levanta precipitadamente la cabeza y mira á su hermana. Su rostro refleja una ansiedad y una alegría).

»Fiscal.—Supongo que no intentará usted descarrilar la acción de la justicia inventando patrañas cuya falsedad no tardaríamos en comprobar.

»—No, señor; juro decir verdad.

»—Entonces, hable usted sin miedo. ¿Quién aconsejó á usted y á su hermano asesinar á Frasquito Miguel?...

«(Prodúcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto. Centenares de ojos, bruñidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta duda, mira al Tribunal, á los letrados y al público, con expresión idiota. Por dos veces se lleva las manos á la frente y, automáticamente, se alisa los cabellos).

»—Lo que voy á decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo y, de consiguiente, que no sabré explicar...

»—Hable usted como mejor sepa, Rita; aquí estamos todos dispuestos á ayudarla.

»(La voz del señor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe hablarse á los{344} acusados para empujarles á la sinceridad y á la confesión. Toribio Paredes no cesa de mirar á su hermana. En la cara de Vicente López hay asombro).

»Rita.—La persona que, tanto á mi hermano como á mí, nos ha dicho que debíamos matar á Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Tomás.

»—¿Quién es don Gil Tomás?

»—Un señor que nosotros conocemos.

»—¿Dónde vive?

»—En Puertopomares, á la entrada del Paseo de los Mirlos.

»—¿Sigue viviendo allí?

»—Sí, señor.

»—¿Y qué interés cree usted que podía tener ese don Gil Tomás en el asesinato del señor Frasquito?

»—Lo ignoro.

»—¿Habló usted muchas veces con él?

»—Sí, señor.

»—¿Y su hermano?

»—También.

»(Toribio Paredes hace, con gran energía, ademanes afirmativos. Una ola de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la estrecha frente cubierta de sudor. Vicente López guarda la actitud reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado, muy hundido, en el subsuelo de su conciencia).

»Fiscal.—¿Dónde veía usted á ese don Gil Tomás?

»—En mi casa. Es decir: yo no le veía en ninguna parte. Yo le veía y hablaba con él, pero era en sueños».

Al llegar á este punto don Ignacio Martínez, que, no bien leyó el nombre de don Gil, había comenzado á dar muestras de agitación, tiró el periódico sobre la mesa y empezó á morderse el pulgar derecho. En su rostro, crispado por una terrible emoción, los ojos pequeños y redondos ardían y quemaban como brasas.{345} Los circunstantes se miraban atónitos. Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusación lanzada por Rita Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de sugerirles la insólita actitud del señor Martínez.

Don Juan Manuel le interpeló:

—¿Qué le sucede á usted? ¿Está usted enfermo?...

Fernández Parreño miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su semblante síntomas de congestión. Varias personas se habían puesto de pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquirió repentinamente la blancura del miedo. Hubo un silencio lleno de interés, de emoción, de solicitud. Don Ignacio, callado, continuaba mordisqueándose las uñas con tan sañudo ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. ¿Por qué aquel furor caníbal? Algunos recordaron la fiel observación de don Valentín: «Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uñas que la de sus pulgares...»

Don Elías tocó ligeramente en un brazo al señor Martínez.

—¿Qué ha sido eso?... ¿Un mareo, verdad? ¿Quiere usted beber un sorbo de agua?

Don Ignacio pareció recobrarse:

—No—dijo—, no es nada; muchas gracias.

Don Elías se volvió hacia la reunión:

—Ha sido un desvanecimiento producido por la lectura. Leer en alta voz aturde; he tenido ocasión de comprobarlo personalmente más de una vez.

—No es eso—contestaba Martínez—; no es eso...

¿Cómo explicar en pocas palabras el efecto que la revelación de Rita Paredes le había producido? ¿Cómo decir que, asociando las sugestiones á que la mujerona se refería con las alucinaciones de doña Fabiana y de Fermín, acababa de tener la convicción vertical, irreductible, de que el hombre pequeñito era un espíritu sabático?...{346}

Para excusar explicaciones, el señor Martínez se levantó:

—Señores, ustedes van á permitirme que me retire...

Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Dimas y don Isidro, quisieron acompañarle.

—Iremos con usted hasta su casa—decían.

—No, no; muchas gracias; no es preciso. Créanme ustedes: estoy bien, completamente bien. Hasta mañana...

Y se fué dejando á todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Después don Elías se puso sus gafas y cogió el periódico.

—Entonces, si ustedes quieren, leeré yo. ¿Dónde estábamos?... ¡Ah, sí! Aquí: Rita había dicho que veía y conversaba con don Gil Tomás en sueños.

«Fiscal.—¿Cómo se explica usted eso?...»

Prosiguió leyendo. Su voz caía, como lluvia benéfica, sobre la curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida á una sed...

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