El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 30

Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo, indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin, del mundo inorgánico,{318} toda la policromía adusta, llena de severa aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un azul pálido, frío, triste, como un convaleciente...

En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las alfombras.

Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación, olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su semblante triste y flaco—semblante de dispéptico—una sonrisa servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas deserciones.{319} Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño, apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis, observaban vida muy apartada.

En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos: tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de conversación.

La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios, trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita, el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de Castilla, sin ecos ni colores.

Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana, bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí perfectamente.{320}

El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la raqueta del banquero sonaba más.

A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio, anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión.

Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios. Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría solícito, de un lado á otro.

Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas.

—De las cuales—contestó don Elías—han llegado á mis manos la mitad, justamente. He ganado diez duros.

Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo que se divirtió tenía bastante.{321} Don Isidro y don Dimas también perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.

—Entonces—exclamó don Elías liberalmente—invito á ustedes. El dinero del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten.

El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales, y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año afligía á los puercos.

—A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso. No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?...

—Pues, en su negocio—repuso don Isidro—, no debe de irle mal. Tiene todo el trabajo que quiere.

—Yo creo que bebe—insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz.

Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos para desquitarse, y el banquero tiró una sota...

—¡De bonísima gana—exclamó—le hubiese dado un puñetazo en la cabeza!... ¡Así!...

Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la trayectoria del golpe.

Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos después en el diputado{322} se hacía risa. Aquellos dos caracteres, igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata.

El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y de pocas palabras.

—Por lo mismo—agregó—, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se iba, no sé cómo no le di con el martillo.

Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir.

—¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez.

—En muchos casos, sí, señor.

—Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted le gustan!...

Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio dialéctico cultivando la paradoja,{323} era bueno y alegre porque sabía perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto, grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo subrayaba la línea oronda del abdomen.

En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó imperdonable.

—Creemos—decía—que en moral hemos llegado á la perfección, que son inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y «bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología, la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía, de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita. Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento{324} de una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma de muchas rosas enormes que aun están abriéndose...

Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería, tanto argumento desorbitado y capcioso.

—De modo—replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba objetivar las ideas—que si un marido descubre la infidelidad de su compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo que debe hacer...

—Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y acaso sin dejar de amarle... amó á otro.

—¿Usted lo haría, usted perdonaría?

—Sin vacilar.

—¡Bah!... Usted habla así porque es soltero.

—Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?... Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas de par en{325} par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no quiere irse...

Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco libertino, que él tenía de sentirlo.

—Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos; pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados, tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.

Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo.

Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda.

—No sé, mi querido amigo—repuso—; no sé qué{326} decirle, pues tengo poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas. Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es correcto hacerla esperar al aire libre»—pensamos—. Lo mismo ocurre en los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse. El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan cómodas, nunca sería exacto...

Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café:

—Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas, que llenan los teatros de Madrid y no son mias.

Hizo un mohín irónico.

—Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos, pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos{327} le guían y ayudan en su camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio...

Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la conversación siguió rumbos más fáciles.

Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo, y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del telégrafo.

—En ese mismo poste—agregó—, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía.

Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más pequeño durará más que ellos.

Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al día siguiente.

—Entre ayer y hoy—exclamó don Artemio—han recorrido, no sólo la población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por el Paseo de los{328} Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de tejidos de Pepe González.

Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una mueca desdeñosa.

—¿Y quién les llevó á casa de González?—interrumpió.

—No lo sé.

—Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de la Manca...

Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del hombre acostumbrado á acertar.

—Lo comprendí—agregó—en cuanto dijo usted que esos forasteros habían estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de la Manca, no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se entiende! ¡No tiene otra!...

Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á González, su enemigo, añadió:

—¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la hilandería de mi suegro!...

—También la visitaron—repuso el boticario—; y retrataron á todo el personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de Dios.{329}

—¿El de casa de doña Francisca?—preguntó Martínez.

—Eso es. ¿Lo sabía usted?

—Me lo dijeron anoche.

—¿Sí?... ¿Dónde?

—En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera Salamanca; aquí en seguida se sabe todo.

Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos trotatierras.

—De ayer á hoy—observó don Artemio—han cambiado de calzado lo menos cinco veces.

Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías.

—¡Me debe usted una merienda!...

Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.

—Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía; era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que el gato se había llevado mi merienda.

—Al taller fueron á decirme—exclamó don Ignacio—que en la calle Larga se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don Elías.

Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico:{330}

—Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un buen consejo.

Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente.

—Esos animales—replicó con hostil vivacidad—están tuberculosos. Ya se lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad?

—Justamente.

—¿Y no ha conseguido usted nada?

—Hasta ahora, nada.

—¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.

—Mañana mismo pasarán á mejor vida—repuso tranquilamente don Juan Manuel.

Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por contento, y suavizó su humor.

Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en Candelario.

—¿Tiene furor uterino?—interrogó don Ignacio.—Entonces, es lo mejor que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar por ella lo que haya podido costarle ó más...{331}

—Necesito castrar un potro—dijo don Elías.

—Cuando usted guste.

—Esta semana. Todavía es añal.

—Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado corto al pesebre, para que no se eche.

De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa voluntad acababa de sentir una crisis de cólera.

—¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á servir las recetas que le lleven.

La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema, se ruborizó.

—¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?...

—Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán está picado, la sombra le espanta».

—Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto?

—Viene á cuento—replicó el señor Martínez clavando sus ojos tempestuosos en los del boticario—de que muchas personas, unas del pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»...{332}

Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta don Juan Manuel, se había quedado grave.

—¿Y eso lo dice usted en serio?—interrogó don Artemio, templándose para la pelea.

—En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las verdades en la cara.

—Pues... ¡miente usted!...

—¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?...

Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos, acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.—«¡Al capón que se hace gallo, azotallo!»—gritaba el albeitar, que, ni aun en tan dramático momento, perdía su culto á los refranes.

Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo con una servilleta. Había en{333} su solicitud una especie de solidaridad, una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:

—¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!...

En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón, débil y cobarde, temblaba.

—¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que debo hacer!...

Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas.

Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los enrojecidos ojos, don Ignacio repetía:

—Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le mato; le abro la cabeza de un garrotazo...

También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel.

—¡No, señor!—gritó—yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la gana de callarme!... ¡Bastante{334} prudente he sido!... Este escándalo debí darlo hace tiempo...

Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante. Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de su joroba, griseaba una mancha de polvo.

Don Ignacio le gritó implacable:

—¡Ya nos veremos!...

Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno.

Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión, que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía.

Don Juan Manuel lanzó una carcajada.

—Realmente, hasta que no le he visto á usted boxear, amigo Martínez, no comprendía yo que se le pudiesen dar á un hombre tantas bofetadas en tan poco tiempo...{335}

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