El misterio de un hombre pequeñito: novela (Spanish) Chapter 29

Hacía rato que el sereno de la calle Larga cantó las once y media. Puertopomares reposaba en el crespón fresco, lleno de enigma, de una noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de los faroles.

Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó:

—¿Ocurre algo, don Gil?...

—Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted.

Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la cama á don Ignacio, y no le halló.

—¿Cómo; está enfermo mi marido?...

Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos, fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña.

—¡Chist!... hable usted bajo—musitó—; Antoñita podría despertar.

Doña Fabiana repuso, sollozante:{310}

—Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?...

Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.

—Don Ignacio—dijo—está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y está ahí...

Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas:

—Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.

El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio.

—No—dijo—no; yo saldré antes.

Y, mirando á la niña:

—No haga usted ruido...

Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho, halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el estiércol cálido.

En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo, experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera de la habitación donde{311} se hallaba. De un salto se levantó y abrió la puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco. Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer? Avanzó hacia ella.

—¿Qué buscas aquí?...

Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la preguntaban, y repuso acorde:

—Voy á la calle; que no se despierte la niña...

Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló dulcemente.

—¿Vas á la calle?

—Voy á casa de don Gil.

—¿A casa de don Gil? ¿Para qué?...

—Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...

Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo.

—Tu Ignacio está bueno y sano.

—¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil.

—Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa, hablando con él. Mírame, mírame á la cara...

La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos.

—¡Mírame!...

Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el sonambulismo de doña{312} Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color, se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar. Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:

—Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...

Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante á atrás:

—Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!...

—¿Estoy soñando, verdad?

—Sí, sí. ¡Oyeme!...

—¿Verdad?... Estoy soñando...

Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio...

—¿Cómo estoy aquí?...

—Venías soñando—repuso Martínez.

Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la angustia y fatiga de su corazón.

—He tenido una pesadilla horrible—murmuró—; don Gil vino á decirme que te habías puesto enfermo en su casa...

Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.

Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su cuerpo, la ayudó á repasar el patio.{313}

Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror.

—Acuéstate—dijo á don Ignacio—; ya es muy tarde.

—Estoy concluyendo de tomar unas notas—repuso él.

—Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva don Gil.

Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber.

—Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo en seguida; antes de quince minutos...

Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y en las mejillas la dió muchos besos.

Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.

—Han llamado—exclamó doña Fabiana palideciendo.

Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón:

—¿Si será don Gil?...

Absorta, ella repitió:

—¡Si será don Gil!...

Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió descender un estremecimiento de terror por su espalda.

—Veamos—dijo recobrándose—quién puede llamar á estas horas.

Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies de terciopelo, caminaba una sombra.

Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso.{314}

—Buenas noches, don Ignacio.

—Hola, Fermín. ¿Qué hay?...

—Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado...

—No, hombre.

—Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar». ¡Pues, desde las doce estoy aquí!...

—No... no te había oído—repuso Martínez con aire maquinal.

—Pues... ¡no tenga usted prisa! Acabe usted lo que esté haciendo con todo sosiego; yo aquí le aguardo.

Don Ignacio no comprendía.

—¿Pero, tú qué buscas?... ¿Tú qué necesitas ó qué quieres?...

Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colérica, llenaron de estupefacción el semblante carrilludo y cetrino de Fermín.

—¡Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!...

—¿Entonces, qué?... ¿A qué has venido?

—Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron.

—¿Un recado? ¿Te han dado á ti un recado?

—Sí, señor.

—¿De parte de quién? ¡Que me maten si entiendo!

—¡Qué gracia! ¡De parte de usted!...

—¡De parte mía!...

Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.

—Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado?

—Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado así, en semejante posición,{315} el respaldo de la silla apoyado contra la pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio».

Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la lividez. Fermín lo advirtió.

—Pero, ¿no es verdad?

—No, no es verdad—repitió Martínez—; yo no he visto á don Gil.

De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba trabajosamente al miedo:

—Pero, ¿tú has hablado con don Gil?

—Sí, señor.

—¿Tú estás seguro de haber hablado con él?

—Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero procura acudir puntualmente adonde te he dicho»...

Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras de Pedro.

—¿Lo habré soñado?—exclamó.

Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos, Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí.

—¿Si lo habré soñado?—repetía Fermín—; diga usted, don Ignacio, ¿seré yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?...

El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente{316} y prosiguió hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba:

«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado también con él?...»

A este pensamiento sucedió otro:

«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil enamorado de mi mujer?...»

Preguntó:

—¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después?

—No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo!

Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le interrumpió:

—Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio. Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!...

Fermín saludó:

—Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y dispensar...

Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba tras ella.

Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á preguntarse:

«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué misterio se esconde en todo esto?...»{317}

Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo.

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